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A nadie nunca le ha importado el proceso de creación, sino el resultado.
A usted no le interesa saber que, antes del primer punto y aparte, se abrió una botella al mismo tiempo que el viento estrelló la puerta. Si le comento que el placer de escribir quiere parecerse -sólo un poquito- al placer de beber un trago del mejor licor, hará gesto de indiferencia, buscando entre estas líneas algo que sirva de opio para el estupor, soporte para su ocio, que invoque monstruos, que le alivie las dolencias o le haga sentir que no es el único con un pelín de demencia, que le rememore una buena película o escenas que se asemejen a algo que ya vivió, ¡porque es que le encanta sentirse identificado!, menos solo en el mundo, pero creyéndose habitante exclusivo de un universo propio, hecho a la medida.
Que sus ojos estén persiguiendo estas palabras significa que usted dejó la voz de florero por ahí, para ponerle letras a la boca, encontradas en atmósferas y metáforas ajenas, en este caso las mías. Puede que se aturda si le cuento detalles de la música que sonaba para cuando el título estaba decidido por votación unánime entre la botella, la puerta y quien la tocó relinchando:
- “¿por qué la lanzaste así?”,
- “no fui yo, joder. El viento”.
Pues sí, entre el vaivén y la colisión de horrores típica de estas construcciones, se queman bosques y se alzan torres, suceden cosas tan gloriosas, peligrosas y efímeras al mismo tiempo que, integrarlas en una misma frase, cuesta. Ocurren ataques al corazón de los que nadie se entera, ataques que nada tienen que ver con jeringas ni doctores. Usted no sabe cuántas almohadas murieron, como idea jurásica de sacrificio por algo que, en sí, es supersticioso e innecesario; sí, me refiero a esto de haberlo invitado a ver lo que hay detrás del telón.
Cierro los ojos cuando no quiero mirar, los oídos cuando me niego a escuchar, pero esto no se tapa con las manos, ni se cierra, ni se abrocha, ni se desecha, ni se pospone, ni se disimula. Es una magnífica rebelión, una impaciencia huracanada que fragmenta un sólo pensamiento en millares de revelaciones y controversias. Es cuando creo, con la ingenuidad más descarada, que logro despachar del cuerpo todo el peso que involuntariamente retiene…y se eleva. Queda en reposo lo pensado, lo vivido, lo visto. Permanece crudo y en calma hasta germinar en verdades (mías), confesiones (mías, inducidas por otros) y tristezas sin remitente, tan accesibles como miel en la despensa. En el proceso he sido la buena, la villana, la víctima del mal y la morbosa que lo induce. Curioso que antes haya sido yo, sin sospechas de convertirme en quien soy hoy, una más del montón y al mismo tiempo un montón en un solo rincón, escuchando con atención lo que reza la mente que suele disponer a altas horas de la noche de sus aparatos clásicos para reciclar, filtrar, espantar y culminar el día con esta irremediable adhesión a lo endeble de un mensaje que se divierte con mis sentidos y los de quienes deseen involucrarse.
Bienvenido…
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